Humahuaca

Estaba en Humahuaca esperando el micro de las dieciocho cuarenta y cinco. Nos llevaba a Buenos Aires por seiscientos cincuenta pesos. Era un Flechabus ilegal, no tenía los seguros y probablemente ningún papel al día. No importó. Seiscientos cincuenta pesos.
Faltaban dos horas y ya había recorrido cada rincón y ya había visto cada color, por lo menos, tres veces. En quince minutos iba a salir el cucú de la iglesia. Todo el pueblo se juntaba en la plaza a ver cómo una estatua, que parecía de plástico, se asomaba. Una señora vendía frutillas con crema en un vasito, diez pesos. Compré, no estaban feas pero tampoco las recomendaría. Igual le sonreí, ella no me devolvió la sonrisa. No las recomendaría ni aunque me pagaran. Una adolescente oriunda me miraba mientras comía. No estaba feliz, le acababan de sacar una foto con un lente grande como un kilo de chipa. Humahuaca es de esos lugares en los que los viajeros van ser felices y los turistas le sacan fotos a las cholitas gratis para venderlas a millonadas en alguna galería de Francia, pero los que la habitan de enero a enero no dicen gracias. Pareciera que están estancados todo el año, todos los años porque no tienen opción. Posan, no sonríen, venden frutillas con crema, sopa paraguaya y gaseosas sin gas. Posan. Humahuaca parece un lugar que podría haber vivido tranquilamente en la cabeza de Rulfo. Pero no ahora. No en mi cabeza. No en la de ningún fotógrafo mediocre consagrado. Por eso venimos, para inventar magia, donde en realidad ya no hay nada.
Para cuando había vuelto a la terminal fantasma ya había algunas personas haciendo cola. Los asientos eran numerados pero ellos hacían cola igual.
Un pibe que se presentó como “Eugenio de Caballito” me dio charla. Charla de charla. Charla de charlar Que la ayahuasca y el maíz pisingallo transgénico. Que comer animales envenena el alma. Que el alma. Nuestras almas. Que nos viéramos en “Baires”. Vivía con el abuelo pero cuando se sacaba los audífonos para dormir no escuchaba nada. Me guiñó el ojo. El derecho y también sonrió .
Tuvo el tupé de guiñarme el ojo. Encima. Me fui, no por su abuelo, sino por infame. A veces un buen pene no los hace inmunes.
A las dieciocho cuarenta, uno de los dos choferes del ómnibus nos dijo que subiéramos,
-“Acomódense que el viaje es largo.”
Mi asiento era el doce, ventanilla y sin reclinar. Veintitrés horas a noventa grados, no me digan que no es hermoso vivir después de esto.
Al lado se me sentó una chica de treinta años que parecía de veintidós. Era una profesora de arte fracasada, como todos los profesores de arte. Al principio del viaje me mostró unos cuadros y los cuadros de sus alumnos. No podía mentir y preferí hacerme la dormida. Fue lo mejor.
Más adelante me contó su motivo del viaje sin que yo se lo preguntara. Estaba ofuscada porque nada había salido como lo esperaba. Venía desde Iruya, había venido a encontrarse con un amor viejo pero intacto. No había funcionado.
De nuevo.

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