Despedidas

Ayer se fue Sebas. Las despedidas duelen cada vez menos. No porque me haya hecho de piedra, todo lo contrario, cada vez me hago más permeable al amor –A recibir, sin cuestionar-
Pero siempre me pasa, que antes de desear buen viaje, me acuerdo de un flash que a veces entre secas me persigue.
Le digo Secuencia Mochila:
Sería esta bolsa en que podría meter a quien yo quiera o hacer de quien yo quiera un bombón envuelto, así como un un butter toffee, un cariño toffee. Y cuando necesite –lo que sea que necesite- de ese caramelito, lo desenvuelvo y sale una micro persona –corte, algo hecho con plastina- que se me trepa al lado izquierdo o derecho del hombro y me dice, lo que mi persona de ese momento me diría mientras me rodea la sien con sus micro manitos (no llega, pero lo re intenta).
Pero después, justo antes de bajonear un plato de fideos fríos con tuco a las dos de la mañana, me doy cuenta del egoísmo y me acuerdo de que lo que más me gusta de las personas es que no necesitan que nadie los lleve a ningún lado.
Termino la tuca y me saco la mochila y pongo los papelitos de golosinas arriba de la mesa. Hago un collage.
No es #soltar, es #reciclar.
Es aprender danés para ver a Ceci de nuevo, es usar la bufanda de Jenny en todos lados y el brazalete que me regaló Nay. Abrazarme al tobillo cada vez que extraño a Delfina y escuchar a Gabo Ferro cuando Nacho me dice que me da bola en cinco minutos y por la diferencia horaria se hacen dos días. Es pedirle a mi vieja que me mande un video de mi perra y abrazar a la almohada esperando que me lama la cara. Es hacer que la lista de lugares se extienda cada vez más.
No creo que extrañar sea de alguien débil. Escribir y gritar que extraño. Viajar no elimina los problemas, te hace convivir con ellos en otras intensidades. A veces más, a veces menos.
A veces me pregunto cinco veces al día que carajo estoy haciendo, a veces sólo una.
Aprovechar a las personas es ver otras maneras de convivir con las crisis. Cuando tengo mucha suerte, adapto sus formas hasta convertirlas en propias. Se vuelven orgánicas las maneras de supervivencia.
No creo en el destino. Nos conocimos y fue hermoso punto y aparte. No nos saco mérito, nadie nos escribió el paso a paso de la vida. Estamos en eso, puntos suspensivos.
No miro al cielo porque busco a mis seres queridos y les pido fuerza. Miro al cielo porque busco a la luna que brilla y cada tanto se parece a alguien que conozco -Se asemeja en concepto, ahora que me terminé los fideos-. Es más portátil y liviana que llevarlos en mi espalda. A parte, me estoy por quedar sin seguro médico, me tengo que cuidar las lumbares. Y las ganas porque también me estoy por quedar sin guita.
Por eso pensaba en reciclar, la gente puede ser como un cable a tierra o al aire –Depende-. Las ciudades con más o menos obeliscos, se parecen todas un poco. La gente, la gente no tanto. La que me termina gustando me recarga “Seguí que hay más gente que vale los kilómetros” dale, ya salgo.
Y yo salgo, más por los holas que por los chaus, tampoco soy mártir ¿Viste?
Trato de aprender a lavar el plato ahorrando agua, como hacen en Brasil y me voy a la cama, abrazando a la almohada, esperando soñar con mi perra para verla un rato más.
Cuestión que ayer dije “Nos vemos”, de nuevo, convencida de que sigo siendo honesta. Y entonces, las despedidas cada vez duelen menos.

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